Los agentes inmobiliarios dan mal rollo, aquí y en Pekín. ¿Quién puede fiarse de alguien que lleva traje y corbata y carpeta (o, peor aún, maletín)? Rezuman sospecha y es algo que no pueden evitar.

Mi experiencia como compradora de vivienda primeriza en Inglaterra ha sido buena, si bien no ha estado exenta de sorpresas y situaciones curiosas. Una de ellas fue con C, una inmobiliaria famosa sus prácticas poco lícitas que, en palabras de otra inmobiliaria, «rozan la ilegalidad, pero nadie las denuncia porque no vale la pena». La estrategia de C es la del acoso. Te llaman a todas horas, aunque les digas que no estás interesado. Antes de mover un dedo te piden todo tipo de datos (sueldo incluido) y número de teléfono. También suelen dejar el cartel de venta en casas que vendieron hace meses y publicarlas en la web como gancho. De esa forma consiguen captar más posibles compradores a los que luego acosar por teléfono. Tú ves lo que parece una buena casa, pides información, registran tus datos y solo después te dicen que esa casa ya no está disponible. Y no es que acaben de venderla; a lo mejor la casa se vendió hace casi un año. No sé cómo los nuevos propietarios permiten eso, pero es una práctica muy habitual de C.

Yo tenía claro que no quería comprar una casa con ellos, pero sí llegamos a ver una. La visita no duró ni diez minutos. El agente era bastante antipático y lo primero que hizo fue meternos prisa para hacer una oferta y decirnos que el precio de la vivienda no era negociable. Era el precio de salida. Como una subasta, vamos. No intentó vendernos la casa con palabras bonitas. Prácticamente no dijo nada de la casa en realidad, aparte de informarnos de que teníamos unos cinco minutos para verla, porque había una familia ya en la puerta esperando y que, si nos gustaba, debíamos hacer una oferta lo antes posible. «Aquí tenéis ya el formulario que tenéis que rellenar», nos dijo. Pretendía que en cinco minutos decidiéramos si esa era la casa que íbamos a comprar. La casa en sí nos gustó, pero él no.

casas en inglaterra

Otra cosa que me llamó la atención durante el proceso de búsqueda de vivienda fue el cachondeo que se traen algunas inmobiliarias con los Open Day, o Jornadas de Puertas Abiertas. Lo que me sorprendió de esto no fue el hecho en sí de ir, sino el de ir sin saberlo, porque la inmobiliaria X se lo tenía bien calladito.

Esta inmobiliaria nos dio mejor impresión que C al contactar con ellos y nos dijeron que podíamos ir a ver una casa ese mismo sábado. Lo que no dijeron fue que todo el barrio iría a verla también. Cuando llegamos allí había más gente que en la guerra: parejas jóvenes, no tan jóvenes y familias con niños corriendo por las habitaciones chillando y montando un guirigay de la ostia. Había tanta gente que la de la inmobiliaria no daba abasto a hablar detenidamente con todos. Lo que sí hizo fue, como el agente de C, meter prisa. Eso se les da de maravilla.

«Mirad. Esta casa se va a ir volando. La quitamos del mercado hace un par de semanas, pero al final le denegaron la hipoteca a los compradores, así que la hemos puesto a la venta de nuevo, pero el precio ha subido 15 000 £. Os aconsejo que hagáis una oferta cuanto antes».

Yo flipaba. ¿Que el precio ha subido 15 000 £ en cuatro semanas? ¿Y tenemos que competir con toda la peña esta que pulula por la casa? ¡Anda ya!

Para experiencia curiosa, la primera visita que hicimos a una casa. El precio no estaba mal, conocíamos el barrio y en las imágenes tenía buena pinta. En las imágenes solamente, como luego descubrimos. En cuanto llegamos nos percatamos de algunos «detalles». La casa en cuestión no era más que un añadido posterior a la casa que anteriormente hacía de esquina, y habían creado una especie de túnel entre ambas, ya que la puerta de entrada estaba en un lateral y no en la fachada. Donde debía haber un aparcamiento, había un árbol enorme con unas raíces que levantaban medio suelo. Cuando llegó el agente inmobiliario, le comentamos lo del árbol y esto fue lo que nos dijo:

«Sí, es verdad. Supongo que tendréis que acceder a vuestro aparcamiento por el del vecino para salir y entrar».

Y se quedó tan ancho. El pobre no se acordaría de que eso es ilegal y de que el vecino probablemente utilizaba su aparcamiento y, por tanto, no podríamos usar el nuestro. Pero ahí no quedó la cosa. El recorrido por la casa todavía guardaba un par de sorpresas más.

La primera fue el comedor, que se encontraba en una ampliación a la cocina. Decir ampliación no es ser fiel a la realidad, porque aquello era una chapuza de aúpa. Las paredes eran de muy mala calidad y el frío se colaba por todos sitios. Cuando me di la vuelta para mirar hacia la cocina vi en una esquina la cañería del desagüe, que desaparecía misteriosamente bajo el suelo de tarima del comedor. Me acerqué y vi una especie de trampilla en el suelo. Al abrirla descubrí que el comedor (esa «ampliación», según la inmobiliaria), no tenía ningún tipo de cimiento. Debajo del suelo había un agujero de palmo y medio y luego gravilla. ¡Gravilla y un desagüe!

Yo no cabía en mi asombro. Después de eso le preguntamos al agente si había gente interesada en hacer una oferta y, para nuestra sorpresa, nos dijo «no, si la casa ya está vendida. Hemos aceptado una oferta de X libras».

No sabíamos cómo reaccionar y nos quedamos callados. No dije nada, pero pensé dos cosas: «¿De verdad alguien ha comprado esta mierda?» y «¿Para qué nos la enseñas entonces, payaso?».

[Tweet “Enseñar casas tras aceptar ofertas no es legal, pero sí frecuente y se llama «gazumping».”]

Normalmente, cuando haces una oferta en una casa, debes acordar con la inmobiliaria, que tu oferta implique quitar la vivienda del mercado mientras tú arreglas todos los trámites. Si no lo haces, algunas inmobiliarias siguen enseñando la casa y, si alguien ofrece más dinero, se la venden a él y te dejan con un palmo de narices.

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IRENE CORCHADO RESMELLA

Irene Corchado ResmellaTraductora jurada de inglés y redactora de contenido autónoma que trabaja desde Oxford como ICR Translations. Extremeña, rusófila y viajera frecuente.

 

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