Siberia en tren: impresiones y anécdotas

27 de agosto de 2017

Irene Corchado

Tras visitar la remota Yakutsk, aterrizamos en Vladivostok para dar comienzo a la segunda parte de nuestra aventura rusa: cruzar el este de Siberia en tren. Elegimos viajar de este a oeste y cubrir un tramo de casi 4000 kilómetros, dividido en cuatro trayectos. Dejo los aspectos prácticos para otro artículo y hoy comparto impresiones y anécdotas.

Trayecto 1: de Vladivostok a Jabárovsk (13 horas)

afueras de vladivostok, transiberiano, rusia

Hoy comienza nuestra aventura transiberiana y estoy algo nerviosa. Esperamos la salida del tren con emoción y tengo curiosidad por ver quiénes serán nuestros compañeros de compartimento, pero no se une nadie en las primeras cinco horas. Nos espera un trayecto de 13 horas y más de 30 paradas hasta Jabárovsk.

Durante una parada corta en una estación pequeña veo a dos hombres con bolsos deportivos esperando su tren. Fuman y miran alrededor un par de veces. Son las dos únicas personas en el andén. A los pocos minutos se acerca otro hombre y uno de ellos le pregunta algo. Le cambia la expresión de la cara y avisa enseguida a su compañero de que el tren que espera en el andén, en el que vamos nosotros, es el que deben coger. Acto seguido el tren echa a andar. Los hombres cogen los bolsos y se ponen a cruzar las vías, pero el tren no para y vuelven al andén. Acaban de perder el tren de una forma muy tonta y me dan pena, porque seguramente el siguiente no pase hasta mañana.

Poco antes de irnos a la cama llegamos a la estación de Спасск-Дальний (Spask-Dalniy), donde se suben una señora simpática de pelo corto con un montón de bolsos y su hija Sonia, de unos nueve años, que nos mira con cierto recelo. Van a un sitio que se llama Tumnin, a dos días de viaje. La señora llama a su hermana por teléfono para avisar de que ya han cogido el tren y le pregunta qué tal está el tiempo el Tumnin. Bajo el asiento han colocado un bolso enorme con comida del que sacan una fiambrera llena de minibocadillos que huelen bien. Hace bastante calor y en este compartimento no hay aire acondicionado, por lo que abrimos la ventana, pero Sonia tiene frío y la cierra más tarde. Yo pensaba que los españoles aguantamos bien en sitios calurosos, pero lo de los rusos llega a otro nivel. Parecen estar a gusto en sitios poco ventilados. La primera noche en el tren no ha estado mal y solo me despierto una vez. Antes de las siete de la mañana llegamos a Jabárovsk.

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Trayecto 2: de Jabárovsk a Chitá (36 horas)

estacion de jabarovsk, transiberiano, rusia

El tren sale de Jabárovsk el sábado a mediodía y llegará a Chitá el lunes por la mañana. Nos esperan 36 horas seguidas en el tren y dos noches, así que llevamos bastantes provisiones para pasar el rato.

Se supone que está prohibido fumar en la estación y en los andenes, pero la gente fuma igual, aunque a pocos metros haya un montón de trenes con depósitos de gasolina y otras sustancias inflamables. Típico de Rusia.

En nuestro compartimento hay un chico pelirrojo tímido y un hombre de unos sesenta años que huele mucho a tabaco. Pregunta si soy americana, si estamos de viaje y ayuda (o mejor, enseña) a R a hacer bien la cama. Ha cogido el tren en Vladivostok y va a Belogorsk (a unas 24 horas de viaje), donde está ahora su mujer visitando a su madre en el hospital. Ha comprado más de un kilo de azúcar para el trayecto y trae un estuchito de tela donde guarda cubiertos de los buenos. Dice que en el tren hay poco que hacer. Uno come, duerme, vuelve a comer y vuelve a dormir. Y ya está. Bromea sobre los osos y nos pregunta cómo es posible que no hayamos visto ninguno hasta ahora en el país de los osos. Le cuento más o menos nuestros planes de viaje y dice que es muy pronto para ir al lago Baikal, que el agua no está para bañarse hasta finales de agosto. «Bueno, pues iremos a mirar», le digo.

Al rato empezamos a ir en paralelo a la carretera que va de Vladivostok a Moscú y el hombre cuenta que Putin hizo el mismo trayecto que nosotros estamos haciendo, pero en coche él solo. Me extraña sobremanera que Putin vaya solo a ningún sitio, pero no le digo nada para no estropearle la historia. Bebe Buratino, que parece zumo. La marca me suena de algo, pero no me acuerdo de qué y miro la botella tan fijamente que el hombre se ríe y dice que es una bebida para niños y que Buratino es cómo los rusos llaman a Pinocho.

He notado que en este tren van muchos soldados y le pregunto si sabe a dónde van. «Van a casa, porque han terminado el servicio militar. Pasan un año donde les toque y luego vuelven a casa». Cuenta que antes la mili duraba dos años, e incluso más. Su hermano pasó tres años en la marina y estuvo en Kamchatka, en los países bálticos, en Polonia, Vietnam y la India. Luego la mili dejó de ser obligatoria, pero hace unos años se ha vuelto a instaurar y dura un año, algo que a la gente en general le parece bien, según él.

«Antes, el que no hacía la mili era considerado un inútil. La mili te hace más fuerte, más hombre».

Me sale una sonrisa sarcástica.

«¿Te parece gracioso?», pregunta. Le digo que sí, que a mí sí me parece gracioso.

Nos ofrece de todo: café, azúcar, bollos… Insiste tanto que al final R y yo compartimos un bollo. Cuando a las dos horas decidimos cenar algo y ve nuestros tenedores de plástico nos dice que esos son una birria, que parecen de juguete y saca su tenedor bueno.

El hombre es majo, pero roza lo demasiado insistente y al cabo de seis o siete horas de viaje puede llegar a cansar. R tiene la excusa de no hablar el idioma y lo ignora. Ya va por el tercer capítulo de Mr Robot. Yo me doy hasta las nueve para ponerme una película y luego a dormir. Para cuando me despierto el hombre ya se ha marchado.

 

Segundo día en el tren Jabárovsk-Chitá

jabarovsk-chita, transiberiano, rusia

He dormido unas once horas. No recuerdo cuándo fue la última vez que dormí tanto. El hombre se ha bajado durante la noche y también el chico, aunque tardo en darme cuenta, porque su cama la ocupa otro chico que se levanta bastante tarde.

Este tren es algo mejor que el que cogimos para ir de Vladivostok a Jabárovsk. Aquí hay aire acondicionado (aunque la ventana no se abre), nos dan alpargatas, una comida que llegará esta tarde y prensa. Echo un vistazo a la selección. Hay una revista dedicada exclusivamente al ajedrez y tres periódicos. De ellos solo conozco Argumenty y Fakty, que utilizábamos a veces en clase de ruso para ejercicios de comprensión lectora y debatir los artículos de opinión. También está Rossiskaya Gazeta (versión semanal) y Komsomolskaya Pravda, un diario cuya portada parece la versión rusa del Daily Mail, aunque con menos tetas. La noticia destacada en portada es «¡Caperucita Roja se casa! El elegido de la actriz es 12 años menor que ella». Ahí lo llevas. Una actriz que hizo de Caperucita Roja hace mil años se casa con un hombre más joven. Notición notición. Entre las otras no-ticias que aparecen en la portada están la programación de la televisión en la región de Vladivostok, el horóscopo, productos esenciales para mantener una piel joven (ilustrado con una rubia sosteniendo una jarra de cerveza y con un prominente escote) y, quizá lo más interesante de leer: «Por qué Estados Unidos ha empezado una guerra mundial del gas enmascarada como ‘lucha antiterrorista’».

Hasta ahora el trayecto está siendo menos interesante que el anterior. Cuanto más nos alejamos de Jabárovsk, menos hay que ver por la ventana. Las paradas cada vez son menos frecuentes y solo hay taiga, cada vez más densa. No se ve nada más que árboles y más árboles en sucesión continua. De vez en cuando hay algún claro y cruzamos un puente metálico, pero poco más. Los pueblos son escasos y a bastantes kilómetros unos de otros.

Paramos en Skovorodino, que marca de forma aproximada el punto medio del viaje en tren de Vladivostok a Irkutsk. A muchos kilómetros al norte está Yakutsk, el primer destino que visitamos y que dejamos hace apenas una semana, aunque ahora nos parece que estuvimos allí hace mucho tiempo.

En los pueblos que pasamos el único movimiento que observamos es el de las pocas personas que esperan o trabajan en la estación. Algunas estaciones están rodeadas de bloques de pisos, no muchos, y un puñado de casas de madera destartaladas con porches medio caídos construidas sin organización ni orden aparente. No se ven calles asfaltadas, sino caminos de tierra y postes de electricidad y teléfono torcidos en posiciones extrañas cuales borrachos que mantienen el equilibrio a duras penas.

La mayoría de los soldados que ayer se subieron al tren en Jabárovsk son bajos, de piel muy oscura, cara redonda y ojos rasgados. Después de lo que me dijo el hombre y saber que vuelven a casa deduzco que son buriatos y probablemente ninguno se baje antes de Chitá.

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Trayecto 3: de Chitá a Ulán-Udé (9 horas de viaje)

chita-ulan-ude, transiberiano, rusia

Las supervisoras de nuestro vagón son dos chicas muy jóvenes con cara asustada y poca maña. Parecen nuevas y me pregunto por qué las habrán puesto juntas en lugar de asignarles un compañero con experiencia a cada una. Seguramente porque nadie quiere enseñar al nuevo. Nuestros billetes electrónicos parecen desconcertarlas bastante y creo que la lían, porque pasan varias veces por los compartimentos contando viajeros y no les salen las cuentas. Las acompaña un hombre mayor con pinta de responsable de algo y cara de cabreo mayor.

Salimos de Chitá después de anochecer y tenemos bastante suerte con los compañeros: una mujer rubia centrada en su teléfono y un hombre buriato con bigote, los dos con pocas ganas de hablar y tantas ganas de dormir como nosotros. Por la ventana veo las afueras de la ciudad y un río. La luz del tren ilumina un poco la orilla y de pronto distingo a un hombre semidesnudo que se mete en el río a bañarse prácticamente a oscuras. No se ven casas cerca y me preguntó de dónde habrá salido este hombre solo que viene a bañarse al río de noche en un descampado a las afueras de Chitá.

El compartimento tiene aire acondicionado, que es de agradecer, y pasamos una noche tranquila. Me despierto casi una hora antes de nuestra parada y el paisaje se vuelve más interesante cuanto más nos acercamos a Ulán-Udé. Hay llanuras y montañas oscuras con niebla y bastantes pueblos, todos vallados y con casitas de madera con huerto. Las calles son de tierra y la gente apila leña en un lado del huerto. En algunos patios hay coches calcinados. Supongo que no sabrán qué hacer con ellos. También veo cementerios pequeños sin muros, con verjas metálicas bajas que dejan ver las tumbas desde cualquier sitio.

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Trayecto 4: de Ulán-Udé a Irkutsk (6 horas y media de viaje)

ulan-ude-irkustsk, transiberiano, rusia

Este será el último trayecto en tren del viaje, que haremos en tercera clase. La estación de Ulán-Udé es más cutre que las otras y no tiene cafetería ni tiendas dentro, solo kioscos. Luego descubrimos que las tiendecitas están en el andén, no dentro de la estación. Tampoco hay un panel electrónico con los horarios de los trenes, sino uno de plástico a la antigua que no menciona los andenes.

En el tren hay un montón de soldados que se bajan a fumar. La cama superior a la de R es de Vadim, un soldado de Irkutsk jovencísimo que enseguida se presenta, pero solo a R, al que da la mano. Me resulta raro (y ofensivo) que a mí no se presente, teniendo en cuenta que soy yo con la que habla, pero bueno. Luego nos pregunta de dónde somos y a dónde vamos.

A las dos horas de dejar Ulán-Udé aparece ya el lago Baikal. El agua es clara y, a pesar de lo que dijo el hombre que iba a Belogorsk, hay gente bañándose. Veo una barquita, un hombre pescando, una familia de acampada y dos señoras en bikini y con sombrero sentadas en una mesita de plástico en la orilla mientras un Lada blanco aparece a lo lejos por un camino de tierra.

El tren es el 001 Россия y, aunque vamos en tercera clase, tiene los mejores aseos que hemos visto en todos los trenes hasta ahora. Llevamos casi cinco horas de viaje y no ha parado ni una sola vez, lo que resulta gracioso después de las 33 paradas del trayecto de Vladivostok a Jabárovsk. Vamos en el vagón 13, en el que solo hay soldados que comen en abundancia fideos instantáneos, salchicha y embutidos varios. Hace bastante calor y casi todos llevan pantalón corto y camiseta sin tirantes. Algunos beben té y se oye el tintineo de las cucharillas y las placas identificativas que llevan al cuello.

Cada pocos minutos veo un sitio perfecto para extender la toalla y darme un bañito. ¡Quién pudiera bajarse del tren a darse un chapuzón! Veo alguna que otra casita en la orilla y noto que todo tiene mejor aspecto. En algunos patios hay gallinas y los huertos son más grandes y están más cuidados. Este es, sin duda, el trayecto más interesante en cuanto a paisaje se refiere, y me alegro de poder hacerlo durante el día.

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Irene Corchado Resmella

Irene Corchado Resmella

Traductora jurada de inglés y redactora de contenido (ICR Translations). Autónoma. Viajera frecuente. Rusófila. Escribo sobre Extremadura en Piggy Traveller.

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