El hostal de San Petersburgo

23 de abril de 2018

Irene Corchado

Fui a Rusia por primera vez en el año 2006 y visité San Petersburgo y Moscú en un grupo de nueve amigos que viajábamos desde Tallin en una larga ruta nocturna en autobús. Habíamos reservado alojamiento en un hostal céntrico recomendado por una chica francesa que alguno conocía y que había estado allí con sus padres recientemente.

No fue fácil encontrar el hostal, ya que no estaba señalizado y no había cartel alguno en el bloque residencial donde se encontraba, ni aparecía el nombre en el portero automático. Mientras subíamos al segundo piso alguien se percató de la presencia de una cámara de seguridad instalada en un rincón sobre la puerta.

El hostal era un piso particular con dos habitaciones grandes, una cocina-comedor, un solo cuarto de baño y un único váter para todos. Creo que pagamos algo así como el equivalente de 10 euros por noche cada uno; un precio muy acertado, porque aquello no valía ni un euro más. Las camas parecían sucias. Casi ninguno llevaba chanclas y terminamos duchándonos todos con las chanclas de nuestro amigo F, porque cualquiera se duchaba descalzo en una bañera negra. El váter estaba en un cuartito separado sin extractor. A la puerta, de madera, le faltaban trozos y estaba cubierta de recortes de revista de mujeres desnudas.

El dueño era un chaval poco mayor que nosotros que pasaba el día en la cocina-comedor con amigos que aparecían de forma aparentemente espontánea por allí. Tenía un perro, al que bauticé Paca, que campaba por el piso a sus anchas y cagó en la puerta de nuestra habitación. Muy maja, Paca.

Una tarde el dueño nos dijo que esa noche irían unos amigos suyos a tomar algo y que cocinaría para todos y nos llevaría de fiesta. Preparó una olla enorme de pasta y nosotros bajamos a la tienda a comprar alcohol. Al poco rato llegó un amigo fotógrafo seguido de dos rubias sexis; una de ellas de 23 años, madre soltera y muy interesada en nuestro amigo J.

En algún momento de la noche captaron nuestra atención las imágenes de la cámara de seguridad, ya que veíamos subir hombres al piso de arriba de vez en cuando. Después descubrimos que en el piso de arriba había un prostíbulo. A la mañana siguiente, mientras bajábamos las escaleras, nos encontramos a dos chicas de ropa escasa, tacones de aguja y chaquetas cortas de pelo empeñadas en darnos conversación. Apenas se tenían en pie y parecían drogadas, con la vista fija en algún punto indeterminado y sin pestañear. Una de ellas perdió el equilibrio y cayó de boca sobre la barandilla. Se dio un golpe fortísimo y nos asustamos bastante. Llevaba tal encima que ni se inmutó. Le ayudamos a levantarse y dijo que estaba bien. Agarrada a la otra del brazo nos despidió con la mano en el descansillo.

Todavía hoy me sigo preguntando cómo es posible que aquella chica francesa se hubiera alojado en un tugurio como aquel con sus padres. Y que nos lo recomendara.

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Irene Corchado Resmella

Irene Corchado Resmella

Traductora jurada de inglés y redactora de contenido (ICR Translations). Autónoma. Residente en Oxford. Viajera frecuente. Rusófila. Escribo sobre Extremadura en Piggy Traveller. Sígueme en Instagram.

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